HISTORIAS QUE NUNCA BAJAN SUS PERSIANAS

En 1926, don Cayetano Spadari abrió las puertas de El Chimborazo. Cuatro años después, el negocio se instaló en su ubicación actual y adoptó el nombre de El Viejo Almacén. Desde entonces, cinco generaciones de vecinos pasaron por su mostrador. Hoy, a cinco años de aquel cierre que puso fin a casi un siglo de actividad, Don Abel, hijo del fundador, repasa una vida entera entre estanterías, libretas, anécdotas y clientes que terminaron siendo parte de su propia familia.

HISTORIAS QUE NUNCA BAJAN SUS PERSIANAS
Abel Spadari, alma mater, junto a 2Pirincho

Hay lugares que son mucho más que una dirección, un edificio o un negocio. Son parte de la memoria de un pueblo. Lugares que sobreviven en las conversaciones, en las historias que se transmiten de una generación a otra y en esos recuerdos que, aunque pase el tiempo, conservan intacto el aroma de las cosas queridas y la nostalgia.
 
En Mechongué, uno de esos lugares tiene nombre propio: El Viejo Almacén. Y detrás de su historia hay una familia, varias generaciones de trabajo y, sobre todo, dos hermanos que pasaron buena parte de su vida del otro lado del mostrador: uno de ellos es don Abel Spadari.
 
Cuando en 1926 su padre fundó El Chimborazo, seguramente no imaginó que aquel emprendimiento familiar terminaría convirtiéndose en una referencia ineludible de la identidad de la localidad. Tampoco que, casi un siglo después, su historia merecería ser contada como parte de la propia historia de Mechongué.
 
El negocio nació con otro nombre. El Chimborazo —en referencia al célebre volcán ecuatoriano que según decía don Cayentano estaba siempre en erupción como su propio local— y así funcionó durante sus primeros años hasta que, en 1930, se trasladó a su actual emplazamiento, en la esquina de calle 8 y Circunvalación 1.
 Con la mudanza llegó ta
mbién el nuevo nombre: El Viejo Almacén. Desde entonces, aquel mostrador fue testigo del crecimiento del pueblo, del movimiento que acompañó al ferrocarril, de la actividad agrícola y de la llegada de trabajadores golondrina y familias que encontraron en Mechongué un lugar donde echar raíces.

La memoria

Café de por medio y en la comodidad de la casa de Mauro Spadari (actor, director y exconcejal), don Abel acepta volver sobre sus recuerdos.
 A sus 88 años conserva una memoria envidiable y una disposición para la charla que convierte la entrevista en un encu
entro de casi dos horas. No hace falta demasiado para que aparezcan las imágenes de otros tiempos: el negocio de su padre, los primeros trabajos, los clientes de siempre y una manera de vivir que hoy parece pertenecer a otra época.
 
“Terminé el colegio primario y a los 14 años empecé a trabajar con mi papá en el negocio. Antes, cuando tenía 12, repartía Crítica, La Razón y La Prensa, los diarios que llegaban al almacén de mi viejo. Se trabajaba de lunes a lunes”, recuerda con orgullo.
 
Su ingreso al mundo del almacén fue también el comienzo de un aprendizaje que no figuraba en ningún manual. En aquellos años todavía no tenían heladeras por lo que el local tenía un sótano de grandes dimensiones, que ocupaba casi la mitad de su superficie. Allí, sobre el piso de tierra, se guardaban las bebidas para mantenerlas frescas.
 
“Se ponían las cervezas y otras bebidas, se cubrían con una arpillera mojada y así se mantenían frías. Yo era el encargado de subirlas cuando los trabajadores del ferrocarril llegaban por la tarde a buscar algo fresco”, cuenta.
 
 Cuando su padre decidió retirarse, Abel y su hermano quedaron al frente del negocio. Recibieron algo más que las llaves y la responsabilidad de continuar con la actividad. Heredaron una forma de entender el comercio.
 
“El viejo nos dejó un legado: atender bien al cliente. Siempre nos decía que al mostrador había que mamarlo. Y creo que, a lo largo de los 70 años que trabajé allí, lo hicimos sobradamente”, afirma.
 
Esa sencilla frase, quizás tan propia de otra generación, resume buena parte de la filosofía que sostuvo El Viejo Almacén durante décadas: conocer al cliente, saber qué necesitaba, atenderlo con respeto y entender que detrás de cada compra había una persona y una historia.

Costumbres

El tiempo fue cambiando el negocio. Hubo que modernizarse, incorporar nuevas mercaderías y adaptarse a las necesidades de cada época. Sin embargo, El Viejo Almacén nunca perdió aquella esencia de comercio de pueblo en el que se podía encontrar prácticamente de todo.
 
Se vendía vino suelto, que los Spadari conservaban en grandes bordalesas y del que llenaban los envases que llevaban los clientes. También se podían retirar cartas, porque el lugar llegó a funcionar como correo, o cargar combustible en los surtidores que formaban parte del establecimiento. En definitiva un lugar donde no solo se iba a comprar.
 
Si algo permaneció inalterable durante tantos años fue la confianza. “Lo que nunca cambió fue el sistema. Siempre trabajamos con la libreta, que era el fiado de todo el mes. También estaba el "pinche": cuando un cliente venía a comprar y no le alcanzaba la plata, ese pequeño saldo se anotaba en un papelito que se colocaba en un clavo. Al otro día venía y saldaba la cuenta... o no”, cuenta entre risas.
 
El fiado era una institución. No hacía falta presentar una tarjeta, firmar un pagaré ni completar un formulario. Bastaba la palabra. El almacenero sabía quién era cada cliente, conocía sus circunstancias y, muchas veces, también sabía cuándo podía esperar para cobrar.
 
Así, en tiempos en los que todo parece necesitar bajar una aplicación o recordar una clave alfanumérica, aquellas libretas cuentan otra manera de relacionarse. Una en la que la confianza también tenía su lugar en el mostrador.

Generaciones

Otro gran orgullo de don Abel está relacionado con la cantidad de personas que pasaron por allí.
 
“Tuve la satisfacción de atender a cinco generaciones de una misma familia. Desde los abuelos hasta los bisnietos. Gente a la que le vendí caramelos al abuelo, al hijo y también al nieto”, recuerda.
 
Cambiaban las caras, las edades y las necesidades, pero el mostrador seguía estando en el mismo lugar.
Por allí pasaron habitantes de toda la vida, trabajadores del ferrocarril, productores, empleados rurales, trabajadores golondrina y también quienes llegaron a Mechongué para quedarse. Muchos fueron clientes; otros terminaron siendo amigos. Algunos, seguramente, todavía conservan alguna anécdota vinculada con el negocio y otros ya partieron.
 
La historia de El Viejo Almacén también estuvo atravesada por las dificultades económicas del país. La hiperinflación, la falta de mercadería y los distintos sobresaltos que tantas veces pusieron a prueba a los pequeños comerciantes formaron parte de su recorrido.

El trabajo

Más allá del orgullo, lo cierto es que sostener un almacén de estas caracterpisticas durante tantas décadas también tuvo su costo. Y Abel lo sabe mejor que nadie.
 
Junto con Mirta, su esposa, tomó una decisión que, en su momento, seguramente no fue sencilla: procurar que sus hijos no tuvieran que seguir el mismo camino. No porque el negocio fuera malo, aclara, sino porque conocían demasiado bien las exigencias de una actividad que no entiende demasiado de horarios ni de feriados.
 
“Queríamos que estudiaran, que hicieran lo que quisieran. Sabíamos lo esclavo que es tener un negocio de estas características”, recuerda.
 
Y enseguida aparecen las imágenes que explican esa decisión: jornadas interminables, domingos, fiestas y vacaciones que muchas veces quedaban postergadas.
 
“Hemos llegado a estar repartiendo cosas el 24 de diciembre hasta casi las doce de la noche. Pocas veces nos tomamos vacaciones, porque el negocio es una forma de vida, una costumbre que se arraiga en uno» recuerda con melancolia.

No hay reproche en sus palabras. Hay, más bien, la serenidad de quien sabe lo que entregó y lo que recibió a cambio. Porque el almacén fue trabajo, sacrificio y responsabilidad, pero también una vida entera de relaciones, encuentros y pertenencia.

La sospecha

Entre tantas historias, algunas merecen un lugar especial. No necesariamente por su trascendencia, sino porque revelan ese costado cotidiano y humano que termina haciendo inolvidable a un lugar.

Don Abel recuerda una noche de invierno en la que un automóvil permaneció estacionado frente al negocio durante varias horas. En su interior había un matrimonio. El tiempo pasaba, el empleado estaba por retirarse y él debía quedarse solo para cerrar.
 
La situación empezó a inquietarlo.
 
“No me gustaba nada. Pensaba que me iban a robar”, recuerda.
 
Por ese motivo decidió llamar a su esposa y contarle lo que estaba sucediendo. Ella, preocupada, llamó a la Policía. Poco después llegó un patrullero y se llevó a la pareja. Abel aprovechó la intervención para cerrar y marcharse a su casa, que estaba al lado del almacén.
 
Hasta ahí, todo parecía haber terminado bien. Pero la historia tuvo un segundo capítulo.
 
Alrededor de un mes después, el matrimonio en cuestión regresó al negocio. La mujer se encontró con la esposa de Abel, a quien conocía desde hacía tiempo. En medio de la conversación, esta le preguntó qué andaba haciendo por Mechongué.
 
La respuesta fue contundente:
«Mirá, no me hables de este pueblo. Hace un tiempo estábamos esperando que llegara un camión de hacienda para darle los papeles de traslado y un hijo de puta nos denunció y ¡fuimos en cana!”.
 
Abel estaba al lado, escuchando cada palabra. Y todavía hoy recuerda el momento: “Yo no sabía para dónde mirar”.

La esquina

La fama de El Viejo Almacén trascendió las fronteras de Mechongué. Su historia llegó incluso a despertar el entusiasmo de un reconocido tanguero marplatense, quien les propuso a sus propietarios colocar una placa en la pared exterior del edificio con la leyenda “Esquina Carlos Gardel”. Cosa que estos aceptaron con gusto.
 
La iniciativa tenía una relación simbólica con la célebre tanguería El Viejo Almacén de San Telmo, en Buenos Aires, fundada por Edmundo Rivero en 1969. Dos lugares diferentes, unidos por un nombre que evoca una tradición y por esa condición tan particular de ciertos espacios: convertirse en parte del patrimonio sentimental de una comunidad.

El encuentro

El Viejo Almacén cerró sus puertas en diciembre de 2021. Se apagaron las luces, dejaron de abrirse las puertas cada mañana y el mostrador quedó en silencio. No fue solamente el cierre de un comercio. Para muchos vecinos significó también el final de una costumbre, de un punto de encuentro y de una parte de la vida cotidiana del pueblo.
 
Este año, cuando se cumplen cien años de aquel primer emprendimiento familiar, la familia Spadari decidió que la fecha no pasara inadvertida. El próximo 15 de noviembre habrá un homenaje al que están invitados quienes alguna vez fueron clientes y quienes trabajaron en el negocio. Algunos de estos últimos ya confirmaron su presencia para participar de una fotografía que seguramente tendrá un valor especial: reunir, en una misma imagen, a buena parte de quienes ayudaron a construir esta historia.
 
Será una oportunidad para volver a encontrarse, reconocerse y compartir recuerdos. Para comprobar que, aunque el almacén ya no abra sus puertas, sigue habiendo mucha gente que siente que una parte de su propia historia quedó guardada entre aquellas paredes.
 
Mientras tanto, la charla llega a su fin. Los pocillos de café se suceden, las medialunas acompañan y don Abel sigue desandando recuerdos con la naturalidad de quien no necesita adornar demasiado lo vivido. A veces alcanza con una fecha, un nombre o una anécdota para reconstruir una época.
 
Sucede que sus recuerdos quizas sirvan para entender que los pueblos no se construyen solamente con calles, edificios y plazas. Sinno con personas que, desde su trabajo cotidiano, dejan una huella que atraviesa generaciones.
 don Cayetano
abrió un almacén en 1926. Su hijos, Abel y "Pirincho",  aprendieron el oficio, heredaron el mostrador y lo mantuvieron activo durante décadas. Atendió a abuelos, padres, hijos y bisnietos.
El Viejo Almacen, vendió
caramelos, vino suelto, bebidas frescas, recibió cartas, fiaba y, muchas veces,  sacó a más de uno de un apuro.
 
Hoy ya no hay movimiento detrás de sus mostradores. Pero conserva algo que no se compra, no se vende y tampoco se liquida cuando un negocio cierra: el lugar que supo ganarse en la memoria de su gente.
 
Porque hay comercios que bajan sus persianas y desaparecen. Y hay otros que, aún con las puertas cerradas, siguen perteneciendo al pueblo.
 
El Viejo Almacén es uno de ellos.

D.R