NO ES CUESTIÓN DE CANTIDADES

NO ES CUESTIÓN DE CANTIDADES
Los argentinos deben comenzar a mirar seriamente hacia el futuro, sin olvidar el pasado. (gentileza)

Aunque parezca mentira y sin que por el momento haya ningún estudio científico que determine a qué se debe, buena parte de la clase política argentina parece tener cierta afición por discutir con mayor énfasis hechos del pasado que del futuro.
Quizá sea porque al tratar hechos que ya ocurrieron piensen que es más fácil moldear la historia a gusto y piacere; quizá porque en verdad no tengan mucho que ofrecer de cara al futuro o tal vez solo lo hagan por simple conveniencia política. Lo cierto es que es fácil ver a políticos de todos los colores discutir acaloradamente sobre temas que, desde luego son importantes, pero que inexorablemente forman parte del pasado, al cual hay que tener presente sin lugar a dudas, pero no por eso se debe convertir en fuente de toda razón y eterna  discusión nacional.
Un ejemplo de esta situación ocurrió en la pasada sesión del Concejo Deliberante donde se trató un proyecto de ordenanza para evitar las pintadas políticas, partidarias e ideológicas en espacios públicos de la ciudad presentada por el bloque de  La Libertad Avanza. A nadie escapa que la misma estaba dirigida directamente a “los pañuelos blancos” símbolo de la lucha de las madres de Plaza de Mayo que se encuentran en muchas veredas y espacios públicos del distrito. Durante el extenso debate cada una de las partes expuso su posición al respecto.
Por un lado se mencionaba la limpieza de la ciudad a la vez que ponía en tela de juicio los “30 mil desaparecidos”, indicando que esa cantidad de no era real ya que la cifra ronda “los 8 mil”, por lo cual hubo una suerte de desfalco al país con las indemnizaciones otorgadas a las víctimas habida cuenta de lo que se entiende es una diferencia de 22 mil  personas las que habrían recibido esa compensación.
Por su parte desde el oficialismo se trataba a quienes presentaron la idea de negacionistas y de impulsar discursos provocadores y obviamente de no reconocer la cifra en cuestión, a punto tal de pedir que “digan donde están esos 22 mil”; cosa difícil de hacer para quienes defienden a capa y espada que “esos 22 mil no existieron”.

Todo hay que decirlo

Si la discusión de uno de los momentos más oscuros de la historia del país se centra en si fueron 8 mil o 30 mil los desparecidos, la sociedad toda está en problemas. 
El tema no pasa por la cantidad de vidas truncadas, así hubieran sido quinientas o cinco, eso está mal, muy mal.  No hay forma de aprobar que un Estado utilice de forma brutal  su fuerza inconmensurable contra los habitantes de su propio país.
El terrorismo de Estado está mal.
Lo que también está mal es que un grupo de personas decida dirimir con una violencia inusitada las diferencias entre izquierda y  derecha de un determinado partido político y que luego otro grupo tome las armas para defender sus ideales, provocando así  en ambos casos la muerte de personas que nada tenían que ver con el conflicto en cuestión.
Y si así lo fuese tampoco es adminisble.
En el caso `puntual de “Los Pañuelos blancos”, se afirmó que  no se le puede pedir respeto (por un espacio público) a una madre que no sabe dónde está su hijo, a una abuela que no sabe qué pasó con sus nietos cuyos padres fueron víctimas del terrorismo de Estado. Razón por la cual el “pañuelo blanco” pintado por caso en una vereda es un símbolo,  una suerte de lugar de recogimiento.  Lugar que  quizás  tampoco  tengan ni las madres,  ni las abuelas de las víctimas de la guerrilla o  la Triple A.
Tal vez  sea momento de comenzar a mirar  hacia el futuro con la intención  de zanjar una etapa de la historia argentina que no merece olvido alguno,  pero si sinceridad total.
Quizá y solo quizá,   sea  momento  que al pedir Memoria, la misma sea total,  de lo contrario sería selectiva,  que cuando se reclame  Verdad, que ésta sea absoluta,  so pena de estar ocultando algunos aspectos por conveniencia  y que cuando se implore  Justicia que  la misma sea imparcial.
Así, quizás y solo quizá, el país encuentre un rumbo  que permita analizar seriamente y sin banderías o aprovechamiento políticos  de ningún color la  historia nacional  de modo tal de poder entender el pasado, para comprender el presente y proyectar un futuro que lejos de ser aciago sea prometedor para todos. 

D.R